 Aquellos que tenemos la fortuna de vivir en la Bahía de Banderas seguramente nos hemos encontrado con alguien a quien le regalaron “patitos” o se los encontró en algún hotel, jardín o campo de golf. Mucha gente que trabaja en los hoteles se pregunta de dónde habrán salido los patitos y cómo habrán llegado ahí. Entre diez y 18 “regalitos” de la naturaleza corriendo por doquier enternecen a cualquiera, y más cuando descubrimos la verdad oculta sobre esos misteriosos patitos…
Patos Silbones
Siendo una especie sumamente común en la Bahía de Banderas, el pato Pijiji aliblanco (Dendrocygna autumnalis) es conocido también como Pichichi, Pijije o Pato Silbón. Nativo del continente americano, se le encuentra en lugares tropicales o semitropicales, desde el sur de Estados Unidos hasta el norte de Chile –incluyendo el Mar Caribe-, y está emparentado con los enormes gansos y cisnes.
Descubiertos en 1758, estos patos se caracterizan por ser muy ruidosos mientras vuelan, emitiendo característicos sonidos constantemente para mantenerse en contacto con sus congéneres, lo que les da una sensación de seguridad. Tienen el hábito de alimentarse y volar de noche, pudiendo recorrer grandes distancias. Cualquier noche tómese un momento al aire libre y, aunque no los vea, seguramente escuchará a la distancia sus inconfundibles silbidos.
Además de sus hábitos silbadores, los pijijis son fácilmente reconocibles por un cuerpo diferente al del resto de los patos, mucho más estilizado, con largas y rosadas piernas, un largo cuello terminado en un rojo y largo pico. Su plumaje es dominantemente café y negro, con la cabeza gris y un anillo blanco alrededor del ojo. Pesan menos de 1Kg y miden 50cm de largo.
Un ave social y adaptable
Son aves dóciles que prefieren congregarse en grandes grupos (parvadas) y forman parejas de por vida (comportamiento ejemplar para muchos humanos). Una pareja suele elegir un sitio para anidar y cada año regresará al mismo sitio, eligiendo en ocasiones lugares tan inverosímiles como palmeras en el medio de un hotel o inclusive la jardinera de un balcón o la azotea de un alto y lujoso condominio. Prefieren descansar en las cercanías de cuerpos de agua dulce, y se les puede observar descansando tanto en lujosos campos de golf como en sembradíos de temporal. De hecho, y como ejemplo de su gran adaptabilidad, en algunos lugares del interior del país se le conoce como “Pato Maizal”, dados sus hábitos bien documentados de alimentarse en sembradíos de maíz e inclusive son capaces de “deshojar” una mazorca para obtener sus tiernos granos de maíz. Este mal hábito ha provocado que los agricultores los perciban como una plaga, y esa gran adaptabilidad les ha creado un problema mayor: el hombre.
Paracaidistas de nacimiento
Independientemente de los problemas que TODOS los animales tienen al convivir desafortunada e involuntariamente con el ser humano, y las terribles consecuencias que esto conlleva, debemos admirar la increíble resistencia que la naturaleza ha dotado a estos patos, ya que luego de nacer, y con tan solo un día de edad y unos cuantos gramos de peso, se lanzan sin miedo desde sus nidos ubicados en grandes alturas (hasta quince metros de altura), sin sufrir daño alguno y literalmente “rebotando” en el piso, reuniéndose inmediatamente con sus demás hermanitos.
Padres fieles y cariñosos
Luego de caer al suelo, los padres los reúnen y los guían al cuerpo de agua más cercano, cuidando de ellos hasta por seis meses. Ambos padres comparten las labores de incubación y cuidado de los huevos y polluelos, y cuando un depredador los descubre, el macho intenta distraer al enemigo mientras la madre y patitos intentan resguardarse. Por las noches, la madre extiende sus alas y sus hasta 18 polluelos se refugiarán debajo (si es que caben), buscando incluso la seguridad de las “alturas” posándose sobre el lomo de su madre.
Qué enternecedor es ver esa escena de ensueño pasar frente a nosotros en un camino solitario o incluso en los jardines de un hotel: la mamá pata y sus patitos detrás de ella. Desafortunadamente, en Vallarta cada año los padres se ven obligados a abandonar a sus pequeños cuando son descubiertos por el personal de los hoteles. La gente intenta capturar a los pequeñuelos, quienes por cierto son bastante escurridizos y hábiles escaladores, capaces de trepar altos muros con sus pequeñas y afiladas uñas. Finalmente, cada uno de los huerfanitos son “repartidos” a optimistas y nuevos padrastros humanos, quienes descubrirán que la buena voluntad no es suficiente cuando se trata de criar a un escurridizo patito silvestre.
Siendo tan sabia la naturaleza, es difícil comprender porqué el personal de los hoteles, condominios y campos de golf se esfuerza tanto por privar de la libertad a esas adorables criaturas, con la falsa creencia de que los están rescatando. Respetemos a estos ejemplares patos quienes, por cierto, estarán procreando en los siguientes meses, durante la temporada lluviosa.
* Oscar Aranda es biólogo dedicado a la conservación de los recursos naturales mediante la conciencia ambiental y encargado del programa de protección de tortugas marinas en Puerto Vallarta. Si desea mayor información visite la página www.vallartanature.org |
Otros artículos
|